• +56 2 2362 4601
  • contacto@corporacionesperanza.cl
  • Andrés de Fuenzalida 47, Of. 410, Providencia, Santiago
Blog
Luis Gutiérrez: del maltrato, las drogas y la ceguera a campeón paralímpico

Luis Gutiérrez: del maltrato, las drogas y la ceguera a campeón paralímpico

La vida de Luis Gutiérrez (44 años), empieza con una imagen brutal: una mujer alcohólica que sale del hospital sin su guagua.Mi mamá fue a tener su parto y llegó a los tres días a la casa ya no con guatita y tampoco conmigo”, cuenta. Su madre lo había regalado. Lo entregó a una familia vecina del pueblo Limarí, en Ovalle.

Ese es el origen. El primer abandono y también el primer acto de violencia sistemática en una vida que estaría marcada por la brutalidad y la sobrevivencia.

Al año de vida, su padre biológico quiso recuperarlo. Hizo “lo imposible”, como él mismo describe, y lo llevó de vuelta a su casa, donde empezaría la segunda parte de una infancia que sería tan dura que incluso una editorial quiere publicarla.

Su historia no la cuenta con rodeos. “Había mucho alcohol en esa casa. Mucho, mucho, mucho alcohol.” El ambiente era tenso y explosivo. Su padre —según relata— bebía alcohol a diario y desconfiaba de que Luis fuera realmente su hijo. Su madre, que tenía problemas de salud mental, también tomaba. Y entre ambos descargaban su resentimiento y su violencia en este niño que nunca quisieron tener.

Fue quemado, golpeado, castigado. Con dos años de vida, su cuerpo ya había pasado por una tortura inexplicable y los vecinos, incapaces de seguir escuchando los gritos y viendo las marcas en su piel, llamaron a Carabineros. Su madre fue detenida Luis fue derivado a un hogar de menores  que, ese entonces, tenía Carabineros, la Fundación Niño y Patria.

Infancia: sobrevivir para contarlo

Hablar de su infancia en la institución no lo entristece. Lo endurece. Dice que fue “una etapa muy dura” y repite dos veces la misma frase: “Para protegerme tuve que seguir la ley de los sobrevivientes”.

Luis cuenta que comer no siempre estaba asegurado y aún recuerda cuando recogía restos de yogur de la basura para meter el dedo y raspar lo que quedaba o koyacs del suelo, sucios y cubiertos de hormigas.

Institucionalizado, cuenta que compartía el hogar con niños de todas las edades: desde uno hasta dieciocho años y que, nuevamente, la violencia estuvo presente a diario. Violencia de compañeros y de cuidadores, abusos reiterados, hambre. Ahí estudió hasta los catorce años y aprendió que nadie vendría a protegerlo.

Cuando terminó la básica, su padre logró sacarlo de la institución. Su mamá ya no estaba privada de libertad y Luis creyó que vendría una vida mejor. Pero lo que le esperaba era más castigo. “Fueron tres meses bonitos… y de ahí empezó nuevamente la violencia”, relata.

Su madre le delegaba todas las tareas domésticas del hogar, con amenazas explícitas si no cumplía: “cuando llegues del colegio, por favor, limpia el piso, encera, lava la ropa, limpia los vidrios, barre la calle… y cuando él llegue te voy a sacar la cola.

Era solo con él, no con sus otros dos hermanos, porque según recuerda, no lo querían. Y así pasó su adolescencia, sin red familiar, sin abuelos que intervinieran y sin un adulto que dijera basta. Lo golpeaban a diario. Una vez, recuerda, su madre le quebró la nariz con un zapato de taco y lo obligó a decir que la fractura era producto de una caída.

A los 17 años, desesperado, fue solo a la Municipalidad de Ovalle, a pedir ayuda. El asistente social citó a su madre. Eso cambió algo —muy poco—. Pero lo que realmente lo salvó fue otra cosa. Ese mismo mes, llegaron Carabineros a su colegio a invitar a los jóvenes a postular a la institución. Luis fue el primero en levantar la mano.

Y lo dice sin ninguna idealización: no era vocación. Era salvar la vida. Era la libertad.

Carabineros: la institución que le dio la libertad

Luis entró a la Escuela de Formación de Carabineros. Un año de instrucción. Uniforme nuevo. Rutina estricta. Orden. Roles claros. Disciplina.

Me encantó. Volvería a pasar por la escuela un millón de veces”, afirma, y si bien cuenta que no había afecto, sí existía estructura y pertenencia y en ese periodo fue la primera vez que sintió que era valorado.

Después de egresar, fue destinado a Puente Alto y se vino a Santiago. Vivía en la comisaría por ser soltero. Tenía moto propia. Hacía “buenos procedimientos” y luego de cinco años de ejercer como carabinero, decidió probar suerte en Gendarmería, donde —según dice— “el sueldo era mejor, tenían más beneficios y la pega más relajada”. Pidió la baja y fue aceptado en la Escuela de Gendarmería. Pasó ocho meses en instrucción. Egresó y luego trabajó en varias cárceles: la Penitenciaría, Colina II, la cárcel de Puente Alto y San Bernardo.

La experiencia fue dura. “Es una pega muy dura… pelear con los bandidos, ir a allanamientos…” Pero estaba feliz. Conoció a su mujer, tuvo a su primera hija y todo iba bien hasta que llegó el año 2009.

La estafa que detonó todo

Luis se dio cuenta de que le estaban descontando un crédito que nunca pidió. Investigó, golpeó puertas y le confirmaron que alguien había falsificado documentos a su nombre. El sospechoso era un colega funcionario de Gendarmería.

El domingo del enfrentamiento, Luis estaba de turno: entraba a las 8 de la mañana y salía a las 5 de la tarde. A la hora de almuerzo se acercó al funcionario. Lo encaró y le dijo que tenía que resolver el tema porque era un delito. La respuesta: un disparo en la cabeza.

Lo único que sentí fue la sensación de que me pegaron un palo en la cabeza.” Luis cayó al suelo. Tomó su ojo derecho con la mano, porque lo sentía reventado. Intentó volver a ponerlo en su lugar y cuenta que no podía respirar. Se estaba ahogando. El otro gendarme le había disparado a menos de un metro de distancia y la bala entró por la izquierda y salió por la derecha de su cara.

Me hicieron una traqueotomía ahí mismo”, recuerda, porque estaba consciente, hasta que lo subieron al helicóptero de Carabineros y cayó en coma.

La oscuridad total y su caída en las drogas

Estuvo 28 días en coma. Los doctores le daban una hora de vida. Su mujer llegaba cada día al hospital con la instrucción de despedirse, pero ella seguía aferrándose a la idea de no hacerlo porque lo esperaría afuera. Y así fue. Luis sobrevivió “de milagro”, pero despertó sin ver. El ojo derecho perdido y el izquierdo con daño irreversible en el nervio óptico. Ciego de por vida.

Estuvo meses hospitalizado y cuando volvió a su casa, a la tercera semana, no resistió más. Entró en desesperación. Se arrancaba a la calle, buscando que algo malo le pasara. No me iba a matar… pero quería que ojalá me pasara algo en la calle”, dice.

Los mismos delincuentes que había detenido años antes, lo recibieron. Porque —y lo destaca— “yo nunca abusé del uniforme”. Y con ellos empezó el consumo. Se quedaba tres días carreteando, bebiendo, consumiendo. Le regalaban la droga y él lo aceptaba todo. Reconoce que consumía 20 gramos de cocaína solo. También crack.

Llegué varias veces al Sótero del Río, ciego e intoxicado”, dice, agregando que su mujer hizo tres denuncias por presunta desgracia. Relata que llegó a pesar 120 kilos con 1,65 de estatura. Se estaba muriendo de a poco.

La iglesia, la rehabilitación y el milagro del deporte

Un día tomó un taxi y lo llevó el mismo chofer de siempre: “un hermano evangélico que me hablaba, me hablaba… y ya, por cansancio, le hice caso y fui a la iglesia”, cuenta. “Al entrar sentí calor, sentí fuego, sentí alegría. Lloré. Reflexioné”, y ese mismo mes apareció un cupo para terapia de rehabilitación de drogas en el COSAM de Puente Alto. Llegó a un programa ambulatorio diario de seis meses, donde cuenta que aprendió un sinfín de cosas.

Fue ahí donde un profesor le preguntó si quería correr. “¿Cómo voy a correr si soy ciego?”. Pero le pasaron una cuerda, le asignaron un guía y empezó a trotar sin bastón. Le gustó de inmediato. Empezó a entrenar a diario, cada vez de forma más intensa y tuvo que cambiar de guías varias veces porque no podían seguirle el ritmo. Trote, natación y bicicleta, hasta que se convirtió en triatleta.

Empecé a moverme en una piscina, chocaba con el muro… me cambiaba de carril”, cuenta. No dejó de intentarlo. Aprendió a nadar a golpes —literalmente— contra las paredes. Cuando quiso pedalear, no había bicicleta adaptada ni recursos. Encontró una “bicicleta de fierro enchulada”. Le dio lo mismo. La tomó y empezó.

Con los años clasificó a los Juegos Santiago 2014, Panamericanos Toronto-Canadá 2015, Panamericanos Lima 2019, múltiples triatlones y carreras en Chile, Ironman 70.3 Valdivia (la única persona con ceguera de la carrera), competencias en Colombia, Brasil, Perú y Bogotá…

Cuando compite, deja su bastón en el punto de partida y dice que deja de ser ciego. Él es triatleta. Un deportista profesional. Punto. Y así lo demuestra. Cada vez que se para en una línea de partida —sin bastón, solo con un guía y una cuerda—, demuestra que la discapacidad no es un límite, sino una condición que convive con las ganas, con la disciplina, con el amor a sus hijas, con la fuerza de su esposa y con la convicción de que nadie está condenado a repetir su infancia, ni su dolor, ni su caída.

Hoy, Luis entrena todos los días, realiza charlas motivacionales, busca auspicios y financia pasajes golpeando puertas. Todo en él es esfuerzo y superación y concluye su historia sin romantizarla, señalando que, “querer es poder”, que la libertad que buscó a los 17 años para escapar del maltrato familiar, no estaba en Carabineros, ni en Gendarmería, ni en la calle, ni en la droga. Estaba en él. En la posibilidad de reinventarse incluso cuando todo está roto, y en la decisión diaria de siempre ponerse metas y seguir adelante.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *