
OPINIÓN: La violencia y la droga no entran en la mochila, entran mucho antes
Desde mi esquina quiero aportar. La violencia y la droga en los colegios ha sido nuestra batalla hace más de dos décadas. Costó años que padres y establecimientos aceptaran que los alumnos consumían algo más que alcohol. Era impensable. Así fue como la droga penetró lentamente: primero el consumo, luego la compra en las esquinas o de forma online y hoy, compra, venta y consumo al interior de los colegios.
Este fenómeno se suma a las múltiples causas que hoy se mencionan para explicar la crisis de convivencia escolar. En ese contexto, surgen propuestas como revisión de mochilas o detectores de metales. Sin embargo, existe el riesgo de poner el foco en el control sin abordar las causas profundas. Porque la violencia no nace en la escuela. La escuela la recibe. Llega con salud mental no abordada, vínculos debilitados, sensación de desamparo y, cada vez más, consumo de drogas en edades tempranas.
Y ese es un punto clave: el consumo de drogas en adolescentes altera el juicio, la impulsividad y la regulación emocional en etapas de pleno desarrollo del cerebro.
Los escolares chilenos llevan más de una década ocupando los primeros lugares de América en consumo de marihuana, cocaína, pasta base y medicamentos sin receta, incluso por sobre Estados Unidos y Canadá, según el Observatorio Interamericano sobre Drogas. Pero el problema no es solo cuánto consumen, sino dónde.
Hoy se consume dentro de los colegios. En 2005, un 29,2% de estudiantes entre 8° básico y IV medio decía haber visto consumo al interior del establecimiento. Según la última encuesta SENDA, esa cifra sube al 57%. Más de la mitad de los estudiantes ha visto consumo dentro del colegio.
Esto ocurre en baños, patios y salas de clases. El alcohol queda para después, pero hoy el tussi, la ketamina, los hongos y nuevas sustancias sintéticas forman parte de lo que se ofrece. La edad de inicio promedio está entre los 13 y 14 años, lo que implica que algunos comienzan incluso a los 11.
Hace 30 años, cuando se creó la Corporación La Esperanza, comenzamos a preguntar a quienes llegaban a tratamiento qué los había llevado a la droga. Más del 80% respondía: falta de afecto, mala comunicación y ausencia de normas. Treinta años después, la respuesta sigue siendo la misma.
Padres sobrepasados, falta de tiempo, normalización del consumo y adolescentes que buscan pertenencia, son parte de este escenario. Pero el fenómeno también ha cambiado. Durante años vimos venta entre estudiantes como un “emprendimiento”. Hoy aparece el dealer en modo narco, con armas, amenazas y disputas por territorio, como lo evidencian casos recientes en liceos de Cañete y Angol.
Frente a esta realidad, surge una pregunta inevitable: ¿Qué estamos haciendo?
Según SENDA, cerca del 10% de los estudiantes consume drogas al menos una vez al mes. Sin embargo, en todo Chile, poco más de 2.000 niños, niñas y adolescentes reciben tratamiento intensivo, y menos de 700 acceden a tratamiento GES.
Esto es gravísimo. O no estamos detectando a tiempo, o no estamos derivando, o el sistema no está funcionando. El debate hoy se centra en revisar mochilas, pero la pregunta de fondo es otra: ¿qué estamos haciendo para que esos niños no lleguen a ese punto?
Prevención temprana, tratamiento oportuno, fortalecimiento familiar y apoyo en salud mental son la base de cualquier política pública seria. Sin eso, seguiremos reaccionando a las consecuencias y no a las causas. Llevamos décadas advirtiéndolo.
Ana Luisa Jouanne
Directora Ejecutiva
Corporación La Esperanza