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“Me enganché a la pasta base y no la solté por casi 50 años. Recuperé mi vida gracias a La Esperanza”

“Me enganché a la pasta base y no la solté por casi 50 años. Recuperé mi vida gracias a La Esperanza”

En julio pasado, Óscar Sepúlveda cumplió 62 años. Casi medio siglo de su vida estuvo marcado por la pasta base, droga que probó en la adolescencia y que lo acompañó hasta hace apenas dos años, cuando decidió tocar la puerta del centro San José de La Esperanza en Arica.

Hoy, Óscar no consume y vive en una casa compartida, un dispositivo de transición al que llegó derivado desde la Corporación, una vez que terminó exitosamente su tratamiento residencial intensivo. Allí convive con otras cuatro personas que, como él, buscan reinsertarse tras un largo camino de consumo.

“Aquí me siento seguro. Comparto casa con cuatro personas más y cada uno tiene su habitación, cama, televisor… Podemos cocinar lo que queramos, escuchar música, ver películas y salir a trabajar durante el día o a ver a nuestros familiares. Pero desde cierta hora de la tarde empieza nuestro ‘toque de queda’ para protegernos de la tentación. Esto, hasta que ya nos den de alta cuando estemos firmes para salir nuevamente a la sociedad”, nos cuenta Óscar, con orgullo.

Conversamos con él para saber cómo ha seguido su vida y en un acto de gran generosidad, quiso compartir su potente testimonio con todos para animar a otros y para confirmarles que nunca es demasiado tarde para dejar las drogas y retomar la vida.

 

Una infancia de pobreza, violencia y trabajo

Óscar nació en una familia numerosa y muy humilde. Es el tercero de cuatro hermanos y nos cuenta que su niñez estuvo marcada por la carencia económica, razón por la que empezó a trabajar en construcción a muy temprana edad, para ayudar con los gastos familiares.

“A los doce años ya estábamos trabajando en construcción con mi hermano. Y lamentablemente fuimos dejando los estudios de lado porque nuestra prioridad tenía que ser la pega”, confiesa Óscar, agregando que llegó solo hasta segundo medio porque el hecho de recibir un sueldo semanal a tan temprana edad, hizo que se “sintiera grande” y que ya no valía la pena estudiar más.  

De su padre guarda una imagen ambivalente: trabajador incansable, pero violento cuando bebía. “Mi mamá siempre fue buena conmigo, pero mi papá tomaba vino y daba jugo… antiguamente era común que el hombre le pegara a la mujer. Yo viví en ese ambiente. Con mi hermano teníamos que salir corriendo a la casa de mi abuela cuando empezaban las peleas”.

Ese contexto, admite, lo marcó psicológicamente. “Era común vivir en ese ambiente. Me tocó harta violencia de chico y muchas veces, por intervenir las peleas, me llevé yo el maltrato”. Agrega además que su papá ejercía violencia psicológica con él, que estuvo poco presente y que su principal interés eran los resultados académicos, no así sus intereses personales ni su bienestar en general.

 

El primer contacto con la droga

Óscar admite que su acercamiento a las drogas comenzó en la adolescencia, cuando la pasta base recién comenzaba a circular en Chile. El hecho de rodearse con adultos todo el tiempo, en un barrio complicado, lo llevó a sumarse a la rutina de las “malas juntas”.

“Yo probé la pasta base a los 15 años. No me gustaba la marihuana, no me gustaba la cerveza, pero la pasta me enganchó al tiro. Y no la solté hasta hace un par de años”.

Cuenta que lo que al inicio parecía un consumo esporádico se transformó en una compañía permanente. “Siempre estuve ligado de la mano al consumo. Nunca fui de negocios turbios, ni de andar botado en la calle, pero siempre consumí” y agrega que demoró mucho tiempo en asumir su dependencia, porque solo consumía en solitario, por ende no se involucró con pandillas ni con traficantes, porque nunca le pasó algo grave y porque, durante muchos años, logró ser “un consumidor funcional de pasta base”.

“Yo siempre trabajé. Era de faena y de girar, girar, girar dinero para la casa, entonces a mi familia no les faltó nada. Mis hijas recibieron una buena educación, hoy son profesionales y tienen sus propias familias, y en ese sentido, mi consumo era invisible, porque cumplía al pie de la letra con mis deberes”.  

Esta especie de “suerte” lo hacía sentir libre y poderoso e hizo que normalizara su consumo y que no viera los riesgos. Cuenta que se hizo “especialista en hurto” por lo que conseguía de todo y que consumía en cualquier parte, incluso dentro de la embajada en la que trabajó cuando vivió en Lima.

Pasaron los años sin percatarse de los daños, hasta que ya llevaba décadas de dependencia, ya no podía funcionar sin consumir y el deterioro físico y mental empezó a notarse.

“Se me notaba en la cara, en los dientes, en la piel. Por más que me bañara o me lavara los dientes, no se quitaba ese color ceniza. Eso era lo que más me maltrataba psicológicamente. Yo lloraba viéndome al espejo”.

Reconoce que incluso deseaba que la droga le provocara un colapso. “Quería que me pasara algo para ir al hospital y que el doctor me dijera: ‘si no dejai esto, vai a morir’. Lo deseaba muchas veces, pero nunca me pasó nada”.

 

El último año en la calle

Notoriamente emocionado, Óscar nos cuenta que lo de “funcional” era más un espejismo que una realidad, al igual que esa libertad que creía tener. Se había auto convencido de que era inmune a los daños de la droga y que, a pesar de tener que aumentar constantemente las dosis para lograr el efecto deseado, seguía en pie. A pesar de llevar casi cincuenta años ligado a la pasta base, su cuerpo seguía resistiendo.

Esto hasta que llegó a un punto límite. Se fue aislando de a poco hasta que decidió dejar su casa para poder consumir tranquilo y no seguir afectando a su familia. Arrendó una habitación y se encerró a consumir en la oscuridad durante meses. “Me estaba muriendo de a poco. Solo salía a comprar comida. El resto del tiempo consumía sin parar. Era tal mi deterioro y la miseria en la que estaba viviendo, que compartí mi cama hasta con ratones”.

Y llegó a la calle. Pasó un año entero durmiendo en un operativo estatal para personas en situación de calle, llamado Noche Digna, del Ministerio de Desarrollo Social y Familia y de día deambulaba y consumía por las calles.

“Todos los días consumía. Para mantenerme de las 7 de la mañana hasta las 6 de la tarde, hora en que tenía que volver a Noche Digna, tenía que drogarme. Los últimos tres meses fueron insoportables. Ya no caminaba, tenía que buscar una plaza para sentarme, pero no conocía otra forma de vida”.

Fue entonces cuando, ya en la completa desesperación, decidió pedirle ayuda a una psicóloga de Senda que trabajaba en el programa, y fue ella quien le recomendó ingresar a La Esperanza. “Yo necesitaba una protección. No quería ni podía seguir en la calle”.

 

Bienvenido a La Esperanza

En la corporación, Óscar encontró el apoyo que necesitaba y en ese espacio de contención que le brindaron los profesionales del centro, logró, por primera vez, hablar sobre su consumo, comprender su gravedad, hacerse consciente de lo que estaba perdiendo y cuestionar su conducta.

“Me abrieron la mente para mis cambios de conducta. No es que me dijeran ‘no hagas esto’, sino que uno mismo se da cuenta que hay cosas que no son permisivas. Aprendí a cambiar de chip”.

Cuenta que, por primera vez en cinco décadas, supo lo que era estar limpio y después de aguantar la abstinencia, empezó a adaptarse y notó que se sentía bien. Mucho más lúcido, con más energía, menos ansiedad, mejor aspecto físico y mejor autoestima. Además, aprovechó todos los talleres que ofrecían en el centro y se dio cuenta que tenía habilidades que desconocía y que le era muy fácil y enriquecedor, aprender y aprobar los cursos.

“Empecé a apreciarme, recuperé mi valor y eso hizo que quisiera continuar el tratamiento y comprometerme hasta el final”.

De a poco la relación con su familia empezó a mejorar. Les demostró que podía cumplir y mantenerse lejos de las drogas y las confianzas se fueron sanando. Retomó comunicación con sus hijas y su ex mujer y así, durante dos años de tratamiento residencial y ambulatorio, Óscar egresó exitosamente del Centro San José.

Para continuar su proceso y mantenerse protegido, La Esperanza lo derivó a una casa compartida transitoria, en la que vive hace dos años y asiste regularmente a las sesiones ambulatorias de seguimiento semanal en el centro. “Aunque tenga un cumpleaños, yo voy. Para mí es prioridad. Salgo de ahí renovado, porque hablamos y compartimos lo que nos pasa en la semana. Eso me mantiene firme”.

 

Vida nueva y diferente

Hoy, Óscar lleva una rutina que le permite mantenerse ocupado, sereno y activo. Se levanta temprano, hace el aseo, trabaja en encargos de construcción, cocina su almuerzo, escucha música, se reúne con su ex mujer y a veces con sus hijas y nietos. Señala que hoy está viviendo lo que no conocía: una vida estable y con sentido.

Su meta es conseguir un empleo estable en la minería y ya está en ese proceso, esperando el llamado para realizarse los exámenes médicos que le solicitan para trabajar en el proyecto.  Porque si algo sabe es que quiere seguir trabajando siempre.

En lo personal, reconoce un vacío que le gustaría llenar y cree que hoy sí está listo para hacerlo. “Me gustaría enamorarme, tener una compañera o una gran amiga para cuidarnos, acompañarnos y pasarlo bien. Eso me hace falta porque siempre caminé en soledad y sé que la vida es mejor cuando se comparte”.

Al cerrar la entrevista, Óscar se toma un momento para entregar un mensaje a quienes estén pasando por una situación similar, a personas que estén atrapadas en las drogas y también a sus familiares:

“El mejor consejo que tengo para darles es que se atrevan a pedir ayuda. Porque uno solo no puede. Al principio uno cree que sí, que se las sabe todas, pero no es así. Se necesita ayuda para salir de ese mundo. Que se acerquen a lugares como La Esperanza y busquen una oportunidad para cambiar sus vidas. Y que se entreguen al tratamiento, confíen en los profesionales, recuperen su valor y se mantengan firmes y comprometidos con la decisión de mantenerse lejos de las drogas. Decisión que deberán reforzar toda la vida, pero que, sin duda, vale la pena, porque sin consumo se vive infinitamente mejor”.

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