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Manuel y su renacimiento en La Esperanza, luego de 40 años de adicción

Manuel y su renacimiento en La Esperanza, luego de 40 años de adicción

El pasar por La Esperanza me dio una nueva oportunidad de vida. Desde ese día tengo una nueva fecha de nacimiento: 10 de octubre de 2023”.

Quien habla es Manuel Molina, un hombre de 54 años que vivió más de cuatro décadas atrapado en la adicción, enfrentando la soledad, la violencia familiar y las consecuencias de un consumo que, rápidamente, se le fue de las manos. Pero logró salir adelante, reconstruir su vida y reencontrarse con quienes ama, gracias al apoyo de su familia y al tratamiento que recibió en el centro San Joaquín de Corporación La Esperanza.

Hoy, Manuel es un sobreviviente y con completa valentía y honestidad, nos regala su testimonio, para generar conciencia del profundo daño que provocan las drogas, para confirmar que sí se puede dejar el mundo del consumo y para impulsar a quienes están sufriendo, a que pidan ayuda, ojalá antes de que lo empiecen a perder todo.

Manuel junto a su mujer y su nieto Gaspar

Infancia marcada por la pérdida y la soledad

Manuel recuerda su infancia como un período de abandono y dificultades: Quedé solo, sin papá, sin mamá… me dejaron solo a los cinco años”, relata, agregando que él es el menor de cuatro hermanos y que, tras la separación de sus padres, provocada, entre otros factores, por el consumo descontrolado de alcohol por parte de su papá y la violencia que ejercía contra su madre, ambos decidieron dejar el hogar y formar nuevas vidas, lejos de sus hijos, dejándolo a él al cuidado de sus hermanos mayores.

La pasé mal, hubo golpes, maltrato… me llevó a irme a otra casa, luego a otra, y después donde una tía. Así pasé mi infancia, deambulando de un lado a otro”, cuenta, emocionado, agregando que la violencia y el no sentirse querido, lo llevó a ser una persona muy solitaria y con gran dificultad para generar lazos cercanos y afectivos.

Uno aprende rápido que la vida puede ser dura y que no siempre tienes a alguien que te cuide, y eso te va moldeando”, reflexiona. La falta de apego y contención familiar y la falta de límites desde muy temprana edad fueron, según él, unos de los factores que más tarde lo empujaría hacia el consumo de drogas como escape, a sus trece años.

Inicio del consumo: buscando pertenencia y aceptación

Su consumo de sustancias se inició con alcohol, el que luego mezcló con drogas más fuertes. Tomaba pastillas, alcohol, y más adelante drogas como cocaína y pasta base”, recuerda Manuel, agregando que empezó a consumir para ser aceptado por sus pares, todos mucho mayores que él, a quienes, a falta de figura parental, admiraba.

Con adultos como únicos referentes, porque dejó el colegio en séptimo básico, cuenta que “quería ser como ellos. Así que empecé a consumir y también a delinquir para conseguir la plata y recursos para comprar droga”.

Así, con el paso del tiempo, el consumo que empezó como un escape de la realidad y como un recurso para lograr pertenencia, pronto se convirtió en adicción y en el eje de su vida, y la delincuencia, en un hábito que lo llevó incluso a estar privado de libertad. Pero los conflictos con la justicia eran solo un “detalle” de una vida marcada por la dependencia.

Se casó y fue padre muy joven y, a pesar de trabajar y mantener algunas responsabilidades, la adicción seguía presente. Yo siempre trabajaba, hacía cosas, pero cuando no tenía el trabajo igual delinquía para tenerle plata a mi mujer”, admite, señalando que esto lo llevó a un autoengaño porque se convenció de que su consumo estaba bajo control al seguir siendo funcional. Este autoengaño se intensificó también porque, según cuenta, “si yo no consumía, no fumaba ni tomaba. Pero la droga me llevaba a las tres cosas, además de convertirme en un experto en la mentira”.

Manuel reconoce que esta normalización lo cegó de la realidad, porque aunque cumplía económicamente con su familia, descuidó de sus relaciones, no estuvo presente y les hizo daño, inconscientemente, a quienes más quería. Cuenta que “yo pensaba que me la podía solo, que podía dejar el consumo cuando quisiera, pero lo que más me afectó fue la relación con mis hijos, más que la pega o la salud, aunque todo eso también se resintió”. Y fue este desgaste y fractura familiar lo que finalmente lo motivaron a buscar ayuda.

Manuel (al centro) en La Esperanza, junto a algunos de sus compañeros.

El amor y la lucidez como motor de cambio

Manuel señala que fue su hijo menor el que le abrió los ojos: un día me tomó del pecho y me dijo ‘papá, ya, basta, hasta cuándo’… me llegó al corazón. Dejó de hablarme por dos meses y ahí fue cuando asumí que necesitaba ayuda”.

Después de hablar con su mujer y de reconocerle que ya no podía solo, llegó a Corporación La Esperanza a través del CESFAM, tras años de negación. “Me recibieron con todo listo para iniciar mi tratamiento. La Esperanza me dio algo mejor que educación: me dio lucidez y me devolvió la vida”, afirma.

Durante su tratamiento, cuenta que enfrentó momentos de duda y abstinencia, pero también descubrió herramientas para reconstruir su vida. Gracias a los talleres de teatro y comunicación pude aprender a expresarme en público y decir lo que siento. Antes no hablaba nada”, relata. Estas actividades no solo ayudaron a mejorar su autoestima, sino que le permitieron reconectar con sus emociones, algo que durante décadas había reprimido por la adicción.

Para Manuel, el papel de su mujer ha sido decisivo en su recuperación. Ella ha estado conmigo al pie del cañón en todo el proceso, acompañándome, sosteniéndome. Más que demostración, ha sido amor verdadero”, relata.

Manuel junto a su mujer

Durante el tratamiento, cuenta que también tuvo la oportunidad de reparar relaciones con sus hijos e incluso con su madre, aunque hoy reconoce que su foco principal está en su núcleo cercano. Ahora estoy enfocado en mi pareja, mis hijos y mi nieto Gaspar… ellos son mi vida”, afirma.

El contacto con sus nietos y la posibilidad de participar activamente en sus vidas fueron sus principales motivaciones. Tengo vida para adelante, para ver a mis nietos crecer, para disfrutar con mi pareja y mi familia”, dice, dejando entrever la emoción que siente al poder ser un abuelo presente, algo que antes de La Esperanza parecía imposible.

Manuel se mantuvo en tratamiento residencial por dos años en La Esperanza y el día de su egreso y graduación, decidió tomar un importante paso: después de 30 años de relación y convivencia con su mujer, quiso sellar el inicio de su nueva vida, pidiéndole matrimonio en la misma ceremonia. Yo se lo pedí formal, con anillo, discurso y delante de todos…para ella fue sorpresa total, y verla así fue maravilloso”, nos cuenta emocionado, agregando que “esta es una forma de reconocerle su apoyo incondicional”.

Hoy, junto con los preparativos para el matrimonio, combina su vida familiar con el trabajo: Hago muebles y tengo un cafecito en mi casa”, cuenta. Mantiene contacto cercano con sus hijos y ha logrado construir un entorno social saludable, alejado de círculos que antes lo arrastraban a la adicción. Su rutina diaria incluye trabajo, cuidado familiar y momentos de esparcimiento, reforzando su independencia y autonomía.

La importancia de pedir ayuda

Como mensaje para quienes están viviendo una situación similar, Manuel enfatiza en que salir solo del consumo es muy difícil, y que la ayuda profesional y el compromiso personal son esenciales. Reflexiona y nos cuenta que hoy «quisiera cambiar el mundo para que nadie sufra las consecuencias de la maldita droga».

Para finalizar la entrevista, añade que la única manera de abandonar la adicción es «pidiendo ayuda, comprometiéndose y trabajando cada día en ello, porque es una enfermedad de por vida. Pero doy fe de que sí se puede y de que nunca es demasiado tarde recuperar la vida”.

 

Manuel junto a su hija, su yerno y su nieto

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