
El consumo de drogas de los padres impacta los genes y genera trauma complejo en sus hijos
Hoy sabemos, gracias a la investigación en neurodesarrollo y epigenética, que la infancia no solo es una etapa de crecimiento, sino un periodo en el que las experiencias tempranas moldean literalmente la arquitectura biológica, emocional y social de una persona.
Cuando hablamos del consumo de sustancias por parte de madres o padres, estamos frente a un factor que puede generar efectos en distintas capas: desde cambios en la regulación epigenética del ADN de los hijos hasta la instalación de patrones relacionales inseguros que afectan el desarrollo socioemocional.
Primero, desde la epigenética, entendemos que ciertas experiencias ambientales, como el estrés crónico, la negligencia o la exposición prenatal a alcohol y otras drogas pueden activar o desactivar genes mediante procesos como la metilación del ADN. Esto no cambia la secuencia genética, pero sí su expresión. Es decir: un niño puede tener el mismo ADN, pero su “interruptor biológico” funciona distinto, debido al contexto.
En hijos de padres consumidores, estos cambios están asociados a alteraciones en la regulación del cortisol, mayor vulnerabilidad a la ansiedad, impulsividad, dificultades en la autorregulación y mayor riesgo de desarrollar trastornos por consumo en la vida adulta.
En segundo lugar, en el plano relacional, el consumo problemático suele generar ambientes inestables: cuidadores emocionalmente no disponibles, respuestas impredecibles, y altos niveles de estrés doméstico. Esto impacta directamente en el apego y en la construcción del mundo interno del niño.
Cuando estas experiencias son repetidas y prolongadas, hablamos de trauma relacional complejo: un tipo de herida que no ocurre por un solo evento, sino por la ausencia sistemática de una figura cuidadora que brinde seguridad, coherencia y conexión. Los niños que crecen en estos entornos aprenden a sobrevivir, no a desarrollarse. Su cuerpo se adapta al peligro constante, y esto afecta su aprendizaje, su conducta, su capacidad de confiar y de regular emociones.
Lo más importante es entender que estos efectos no son una sentencia. La misma neuroplasticidad que hace que el trauma deje huella, también permite la reparación. Los niños pueden recuperarse cuando encuentran entornos seguros, afectivos y predecibles. Cuando existe una comunidad, una escuela, un profesional o un familiar que actúa como figura de base segura, se puede revertir gran parte de los efectos epigenéticos y relacionales.
Por eso, hablar de niñez y consumo parental no es hablar de culpa: es hablar de responsabilidad social, de la importancia de la intervención temprana, y del derecho de cada niño a crecer en un entorno donde su biología y su historia afectiva puedan desarrollarse en favor de su bienestar, y no en contra.
Hoy se sabe que el estrés tóxico, la violencia, la negligencia, y también el consumo de OH (alcohol) y otras drogas en los padres, pueden generar cambios epigenéticos en los hijos. Esto no altera el ADN, pero sí altera la forma en que el cuerpo usa esos genes, afectando la manifestación del ADN que se puede ver en:
- Regulación del estrés
- Apego y emocionalidad
- Desarrollo cerebral
- Respuesta inmunológica
- Vulnerabilidad a adicciones o problemas de salud mental
Estos cambios pueden mejorar, especialmente con:
- Vínculos protectores
- Intervenciones terapéuticas tempranas
- Ambientes seguros
- Fomento de estilos de crianza respetuosos.
Pamela Souyris, Jefa Clínica Nacional de La Esperanza