
De consumidor a terapeuta: la historia de Álvaro antes y después de La Esperanza
Álvaro Fuentes (36 años) es un sobreviviente. Atravesó una infancia muy dura, marcada por maltrato, abandono y pobreza. Probó la cocaína ya de adulto y se hizo inmediatamente dependiente hasta que terminó en la calle. Lo perdió todo y cuando estuvo a punto de quitarse la vida, se topó con La Esperanza. Gracias al tratamiento recibido y a su tremenda voluntad, hoy está recuperado y puede contarnos su historia.
Detrás de un escolar responsable, tranquilo y destacado académicamente, se encontraba un niño asustado, solitario, con una infancia muy difícil, de grandes carencias afectivas y materiales. Dos facetas de una misma persona: Álvaro Fuentes, quien nació en el núcleo de una familia humilde, unida, trabajadora y también muy autoritaria, que utilizaba los castigos y golpes como un mecanismo educativo y cuyo consejo de vida era: “si tú tienes que pisarle la cabeza a alguien para ser mejor, tienes que hacerlo, porque si no van a pisar la tuya”.
Cuando Álvaro tenía 10 años, murió su mamá y al mes siguiente, su papá desapareció y lo abandonó junto a su hermano mayor. Desde ese día se fueron a vivir a la casa de sus abuelos. Una casa pequeña en la que terminaron viviendo 12 personas, entre tíos, nietos, etc. Álvaro compartía pieza y cama de plaza y media con su hermano hasta los 17 años y si bien estaban bastante hacinados, cuenta que sí se sentía ese calor de hogar.
Como sus abuelos eran ya mayores y tenían sus propios problemas, tuvo que crecer rápidamente y vérselas por sí mismo. Se portaba bien en el colegio porque sabía que si no lo hacía, llamarían a sus abuelos y no quería ser castigado ni provocarles más problemas.
Terminó el colegio con muy buenas notas y entró a estudiar Derecho en la Universidad Bolivariana y ahí conoció gente que lo tenía todo y quiso ser como ellos. “Yo quería esa vida. Quería ser como ellos y tener las mismas cosas que ellos”, recuerda Álvaro. Entonces, después de un tiempo, para pertenecer a su grupo de pares, probó la cocaína a sus 24 años y según relata “creí que la cocaína había nacido para mí. Me ayudaba a estudiar. Me aprendí el código tributario de memoria y así”. Cuenta que su adicción fue inmediata.
Siete años perdidos por el consumo
Empezó consumiendo los días viernes, luego el fin de semana completo y así, hasta llegar a consumir todos los días. Gastaba cerca de 90 mil pesos diarios. En ese entonces, además de estudiar, trabajaba haciendo una pasantía en el Centro de Justicia y todos sus ingresos se iban en cocaína. Cuando le faltaba plata, le robaba a su familia y vendía cosas de la casa. Dejó de ver a su hija de dos años, y se fue aislando cada día más.
Cuando tenía 33 años, muere su abuela. A esa altura, su familia ya lo consideraba “un caso perdido”. Confiesa que se había “titulado en mentiras”, entonces ya nadie le creía ni confiaba en sus promesas. Le pusieron un ultimátum: o se rehabilitaba o se iba de la casa. Álvaro escogió lo segundo y después de pasar un tiempo durmiendo en pensiones, abandonó su trabajo, dejó la universidad y se fue a vivir a la calle.
“Mi vida se desprendió de mí y empecé otra vida como vagabundo. Dejé de ser una persona. Dejé de tener una voz. Perdí mi identidad. No era más que un estorbo, una sombra sigilosa que solo vivía para y por el consumo, planificando mentiras para salirme con la mía”, cuenta, conmovido.
Fueron cerca de dos años en los que durmió en parques, veredas, paraderos y bancas. Comía lo que encontraba y casi no tomaba agua, hasta que un día, cansado de consumir y agotado de todo, se puso a caminar.
“Caminé, caminé y caminé todo el día y llegué a Departamental. Me paré en el paso sobre nivel y miré para abajo, pensando en tirarme y morir atropellado por los autos, pero me dio miedo porque creí que me iba a doler mucho. Entonces, seguí caminando, tratando de encontrar una botillería para ver si me podían regalar una cerveza o a alguna persona que pudiera tener piedad de mí y darme un poco de plata para ir a consumir”, relata.
Tenía 32 años y de esos, los últimos siete eran de puro consumo en los que solo tiene recuerdos de aquellos breves momentos de lucidez que detestaba porque lo hacían mirarse y al ver en lo que se estaba convirtiendo, no aguantaba y volvía a consumir.
Caído del cielo
Derrotado, con los pies heridos y llenos de sangre de tanto caminar y ya entregado a la muerte, llegó caminando “de milagro” a La Esperanza. “Estaba en eso cuando choqué con la Casa de Acogida La Esperanza. La reja estaba abierta. Toqué el timbre y bajó una persona. Me dijo que era un técnico y que la casa era un centro de rehabilitación para personas con dependencia a las drogas”, cuenta emocionado.
El terapeuta lo escuchó y le dijo que tenía que volver al día siguiente en la mañana para que pudieran atenderlo y hacer el trámite de ingreso. Le comunicó también que tenía que sacarse unos exámenes médicos y que necesitaba contar con un apoderado.
“Pensé que no sobreviviría un día más en la calle y que nadie de mi familia iba a querer ser mi apoderado. Tenía miedo de que me rechazaran y no me creyeran que quería rehabilitarme, entonces, para juntar valentía y seguridad, me puse a consumir como loco”, dice Álvaro, agregando que luego llegó a su casa y le pidió ayuda a su hermano, quien a primeras le dijo que no le creía y que no lo iba a acompañar sin que antes él se registrara en el centro.
Ante el rechazo y desconfianza de su hermano, Álvaro sintió rabia e impotencia y pasó de largo esa noche, consumiendo, hasta que amaneció y se fue a sentar afuera del centro de La Esperanza y le pidió a Dios que por favor lo ayudara porque, según nos cuenta, se estaba muriendo y no quería que su vida terminara así.
Lo recibió una de las terapeutas del centro y le entregó las instrucciones que tenía que seguir para poder ingresar. Álvaro hizo todos los trámites de inmediato y finalmente, su hermano lo acompañó y así fue como ingresó a La Esperanza y comenzó su tratamiento de recuperación, el que se mantuvo por dos años.
Pieza por pieza hasta completar el puzle
Álvaro cuenta que al principio no fue fácil. Además de sufrir los síntomas de abstinencia, el hecho de estar lúcido, después de tantos años, le parecía insoportable. El tener que mirarse y darse cuenta de todo lo que había roto, perdido y desperdiciado durante todo ese tiempo, lo hizo sentirse culpable. “Primero te desarman. Eres como un rompecabezas que vuelven a romper y después tienes que ir reparando, pieza por pieza, hasta completarte y recuperarte”.
De a poco, gracias a las terapias, Álvaro fue entiendo que la razón de fondo de su consumo eran las carencias de su infancia y ahondando en ellas, empezó a sanarlas, a mirar más allá de sí mismo y a notar que la vida le estaba dando una segunda oportunidad y tenía que estar agradecido. “Me di cuenta de todo lo que me estaba entregando La Esperanza. Además de una cama y un dormitorio, de seis comidas diarias, agua caliente y un televisor, me regaló todo tipo de terapias: psicólogo, psiquiatra, terapeuta ocupacional, talleres, amigos…y me devolvió la fe en Dios”, sostiene, emocionado.
“Yo pensé que iba a entrar a un tipo de cárcel, pero me tuve que tragar todos mis prejuicios. Aquí me recibieron sin juicios, me educaron emocionalmente, me enseñaron sobre lealtad y honor, sobre el esfuerzo y sus recompensas, sobre espiritualidad y sobre la importancia del perdón y así, de a poco, fui recuperando mi autoestima y mis ganas de vivir. La cárcel al final era la droga, porque me sentí mucho más prisionero en la calle, con toda la libertad que eso significa, que internado aquí, con tutores, normas y vigilancia”.
Álvaro concluye su historia, diciendo que “desde que egresé de La Esperanza, todo ha sido ganancia. Encontré un buen trabajo en Metro, me casé, me ascendieron, nos compramos un departamento, recuperé a mi hija, tenemos una casa exquisita, calentita, tengo tiempo para descansar después de la pega y luego me voy a la universidad a estudiar”. Agrega que si tuviese que darle un consejo a quienes están atrapados en el consumo, lo primero que les diría, es que “el acto de amor más grande que uno puede hacer por sí mismo, es pedir ayuda”.
Hoy, Álvaro ya lleva tres años sin consumo. Está a pocos meses de convertirse en técnico en rehabilitación, carrera que quiso seguir con el objetivo de poder cuidarse toda la vida para no recaer y también para devolver la mano y ayudar a otros a recuperar sus vidas. Y dicho y hecho. En unos meses entrará a hacer su práctica y empezará a trabajar en La Esperanza, en el mismo centro y con los mismos terapeutas que lo acompañaron en su recuperación.